General.- El estado actual de nuestra situación presenta caracteres claramente patológicos. La apatía, la dejadez, la resignación, la total ausencia de una reacción enérgica, constituyen síntomas inequívocos de una enfermedad colectiva. Podría decirse que es resultado de la frustración generalizada, o simplemente, del miedo paralizante ante oscuras perspectivas. Sin embargo, parece que este mal no es consecuencia de la situación, sino una de sus causas fundamentales.
El hombre, ser social por naturaleza, no puede entregarse a un hiperindividualismo materialista, razón, origen y fundamento de todos los egoísmos, avaricias e insolidaridades que han caracterizado nuestro pretérito más inmediato, así como nuestro presente. Y que nos ha conducido al atolladero. Se ha prescindido alegremente de nuestras raíces espirituales que señalaban el orden moral justo; el que definía naturalmente la distancia entre lo bueno y lo malo.
Así, el valor humano ha quedado reducido al ‘cuanto tienes, tanto vales’, despreciando cualquier referente moral o espiritual. La orientación en todos los niveles educativos y de formación académica, el llamado ‘mundo de la cultura’, el pensamiento único, difundido machaconamente por los medios de comunicación, el olvido generalizado del bien común, incluso entre las clases dirigentes, haciendo reflexivo el verbo servir...La deserción o la traición, incluso, de los maestros del espíritu que, acomodados a la situación, solo contribuyen a la pasividad y al conformismo. ¿Cómo extrañarnos, ante la vorágine de los acontecimientos, que los jóvenes permanezcan apáticos e indiferentes?
Nuestros jóvenes, también los universitarios, con excepciones que honran y confirman la regla, han desertado de su misión histórica, pues carecen de referentes sólidos. Han renunciado a ser protagonistas de su propio tiempo. Una renuncia trágica que supone la pérdida de las nuevas generaciones para constituir vanguardia frente a un mundo cansado, sin justicia, belleza, ni Dios. Una juventud ‘envejecida’ por la corrupción de sus referentes. Medrosa, tímida, retraída, sin criterios propios, sin voluntad, al albur de las corrientes ideológicas y culturales que sirven a intereses bastardos. Y en el frontispicio de sus prioridades vitales se inscribe el trilema de su inanidad: hambre, sed y erecciones.
He aquí el pavoroso panorama que contemplamos. El síntoma solo es señal de la patologia general.
La crisis, como bien señaló Pablo González, no es solo un problema económico. Es la consecuencia del desorden moral. Podríamos concluir que las reformas precisas van más allá de simples cuestiones estructurales, por importantes y destacadas que estas sean; se precisan profundos cambios culturales que sitúen al hombre como eje del sistema.
El cambio en la actitud de las nuevas generaciones sería vital., aunque solo fuese por simples razones biológicas. ¿Encontrarán referentes para ello?
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