Hacia la recuperación económica a través de la internacionalización de la educación superior

Hacia la recuperación económica a través de la internacionalización de la educación superior


Desde la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, desde el decenio de 1960, el mundo ha experimentado, con el permiso de las grandes crisis económicas que también se han producido a lo largo de estos 60 años, un proceso constante de internacionalización de la economía y la sociedad. Este proceso, que en ciertas ocasiones se ha identificado con la tendencia subyacente de la Globalización, ha marcado radicalmente los destinos de los habitantes del planeta y ha dado lugar, con sus luces y sombras, a la sociedad actual. La internacionalización siempre ha ido acompañada de dos elementos igualmente poderosos: por un lado, la progresiva digitalización de la economía y, por otro, la constante apertura cultural y política que ha hecho de la democracia —el sistema que la mayoría de los habitantes del planeta dan por sentado en la actualidad, aunque no siempre fue así— el paradigma político y social. Estas tres fuerzas motrices han permitido, por ejemplo, la aparición de una clase media no sólo en los países del primer mundo, sino también en muchos países en desarrollo, que constituye el caldo de cultivo óptimo para que los seres humanos alcancen —a pesar de los tiempos difíciles en que nos encontramos— los niveles más altos de bienestar económico, progreso social, libertad individual, cohesión económica y desarrollo cultural y científico que jamás haya conocido una sociedad humana.

Todos estos resultados habrían sido absolutamente imposibles sin la presencia del catalizador básico de esta reacción: la internacionalización de los intercambios económicos y sociales, por una parte, y por otra, la internacionalización de los conocimientos, la enseñanza, la investigación y la divulgación en todos los niveles de la educación, pero en particular en la enseñanza superior. El impacto económico de la internacionalización de la enseñanza superior en la economía es verdaderamente notable. A título de ejemplo, las actividades directamente vinculadas a la internacionalización de la enseñanza superior afectaron a más de 5 millones de estudiantes sólo en los países de la OCDE en 2017 y representaron entre el 0,2 y el 2% del producto interno bruto de la mayoría de ellos, y el empleo directo superó, sólo en el caso del Reino Unido y los Estados Unidos, a más de 100.000 y 500.000 funcionarios académicos y administrativos, respectivamente. En España, tenemos casi 600.000 estudiantes internacionales —incluyendo programas lingüísticos y programas de movilidad— que tienen un impacto económico global superior a los 2.100 millones de euros al año.

Cambios en la internacionalización durante la crisis de COVID 19

Desde hace tres meses, desde su origen en China, la crisis actual ha ido mucho más allá de la esfera estrictamente sanitaria y ha acabado afectando prácticamente a todos los elementos de nuestra vida en sociedad. Las universidades de todo el mundo han sufrido disrupciones que afectan a las actividades cotidianas de enseñanza e investigación y que han planteado un reto de adaptación a una velocidad vertiginosa. Uno de los elementos que se ha visto afectado ha sido la internacionalización de las universidades, sobre todo en su aspecto más clásico ligado a la movilidad de los estudiantes o del personal —docente o formador. Según diversos estudios, alrededor de la mitad de los estudiantes que se desplazaban físicamente en sus correspondientes destinos han regresado a su lugar de origen para continuar su actividad docente o de investigación por medios online en un ejercicio de adaptación, para ellos y para las instituciones, que no tiene parangón en la historia mundial de la enseñanza superior.

Internacionalización y escenarios económicos

Esta crisis, al igual que otras crisis sanitarias que la humanidad ha vivido,  y sobrevivido, tiene una fase aguda, en la que estamos inmersos actualmente. La fase aguda dará paso a una fase de estabilización y resolución que durará más o menos dependiendo de la rapidez con que las instituciones sanitarias y gubernamentales del mundo sean capaces de restablecer la confianza de los individuos en la toma de decisiones sobre su futuro económico, social o educativo. Mientras llega esta resolución definitiva, nos corresponde a nosotros, las universidades, acelerar los mecanismos de transformación que ya existían, como la digitalización de los intercambios de información y conocimientos, la capilaridad de la internacionalización o la internacionalización transversal, la internacionalización en casa y la adaptación de los elementos más colaborativos dentro de la llamada educación transnacional. Además, nos corresponde a nosotros planificar el futuro inmediato mediante planes de contingencia y de gestión de riesgos. Las instituciones de enseñanza superior y sus departamentos de internacionalización tendrán que desempeñar un papel destacado, reorganizando sus procesos internos, apoyando métodos que faciliten la seguridad de los flujos internacionales de estudiantes y personal, estableciendo sistemas de corresponsabilidad y multiplicando los esfuerzos en las esferas de la cooperación interinstitucional y el procesamiento de la información relacionada con la salud que resulten útiles en la prevención y en el restablecimiento de la confianza de nuestros estudiantes y personal.

Los planes de contingencia y gestión de riesgos deberán variar según los escenarios futuros y dependerán, a su vez, de factores relativamente controlables —como las decisiones tomadas por nuestras instituciones y también el desarrollo tecnológico que acompaña a las tareas de prevención y anticipación— y de otros no tan controlables —por ejemplo, la rapidez con que se desarrollan las vacunas o, al menos, los tratamientos eficaces. Las universidades de todo el mundo trabajan incansablemente en esta dirección, situando los horizontes de planificación tras el primer choque no en un futuro próximo sino a medio y largo plazo. El objetivo de nuestra labor actual en las universidades debe ser el fortalecimiento de las estructuras que faciliten una mayor y mejor internacionalización posterior a la crisis; más seguras, más completas, más entrelazadas con todos los elementos que conforman la experiencia de enseñanza, aprendizaje e investigación —el llamado ecosistema de la internacionalización— y mucho más preparadas para los escenarios de contingencia.

Las Administraciones Públicas se enfrentarán, junto con el resto de la sociedad, a tiempos de recesión económica y restricciones financieras, al menos en los próximos meses. Esta agitación económica, que tiene sus raíces en elementos exógenos y no estructurales, podría dar paso a la tentación, por parte de las Administraciones Públicas de todo el mundo, de considerar la internacionalización como un elemento no esencial y colateral. Actuar de esta manera sería sin duda un grave error, ya que tendría implicaciones negativas sobre la eficacia y el ritmo con el que las IES, pero también las sociedades y las familias implicadas, reconstruyen unas bases sólidas para alimentar una recuperación sólida y estable. Al igual que otras crisis importantes de  confianza internacional en este siglo XXI -como la que se produjo tras el atentado del World Trade Center de Nueva York en 2001-, la actual recesión obligará a replantearse la forma en que la humanidad define y gestiona la interacción social, los flujos internacionales de personas y las actividades educativas y de ocio. Esta “recodificación” de la internacionalización económica debe avanzar rápidamente hacia el restablecimiento de la confianza, pero no hacia el debilitamiento del camino de la internacionalización que la sociedad y las universidades han recorrido con tanto éxito en los últimos 40 años. Por esta razón, precisamente ahora, debemos llamar la atención sobre la importancia de fortalecer nuestras estrategias de internacionalización, haciéndolas más sólidas y amplias y, de ser posible, más omnipresentes y significativas en todos los ámbitos de la vida universitaria. En cierto modo, la recuperación ya está en marcha y, con toda seguridad, no podrá tener éxito sin que la internacionalización en todos sus aspectos, incluida la movilidad física, recupere un lugar central.

Volvamos a mirar la historia económica; no por casualidad, las dos grandes crisis exógenas de confianza que experimentó la humanidad en el siglo pasado -la mal llamada Gripe Española en 1918/1919- y la que siguió al 11 de septiembre de 2001, dieron lugar a períodos de fuerte expansión económica y florecimiento social, cultural y científico, una vez que los ciudadanos y las instituciones pudieron reconstruir las estructuras dañadas y recuperar la confianza. Esperemos que esta vez también sea así.

Por:

Sebastián Bruque

Vicerrector de Internacionalización de la Universidad de Jaén

Dorothy Anne Kelly

Vicerrectora de Internacionalización de la Universidad de Granada

 

 

 

 

 

 

 


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