Abogados ‘ni-nis’ por obligación


Es cierto que a la juventud de hoy día se le ha colgado de manera indiscriminada y, sin ningún principio ético, el sambenito de “ni-nis”. Este término, que de antemano ya discrepo con rotundidad, lo meto por iniciativa propia en ese baúl repleto de los ejemplos más injustos que la sociedad impone. A la tapa ya le cuesta cerrar. No ha calado demasiado bien, pues como sucede cuando se generaliza, se corre el riesgo de que el refrán “siempre pagan justos por pecadores” no sea bien aceptado al haberse extendido a toda la masa juvenil.

Ya comenté en el artículo “La responsabilidad social del estudiante” que tanto el Estado, interpretado como conjunto de ciudadanos, como también los propios estudiantes, tienen objetivos comunes, pero que estos debían lograrse por caminos diferentes. Los primeros deberían velar, cuidar, así como respetar a los otros; y en la misma línea, todo aquel discípulo del libro y de la enseñanza, universitario o similar, debería auto exigirse y ser consciente del valioso papel que tiene como futuro de su país.

El conflicto surge cuando no se miman las raíces de un árbol. En un hipotético bosque, existirán árboles que crezcan muy derechos, rectos y vigorosos y, sin embargo, otros que no hayan sido tan agraciados por la madre naturaleza, no hayan tenido esa suerte genética o más bien no hayan sido regados lo suficiente; con gran probabilidad su final será secarse o, en el mejor de los casos, quedarse formando parte del paisaje de los arbustos, tampoco nada despreciables.

Esto está sucediendo con la última generación de abogados, una generación que como ellos mismos se definen, están “en el limbo por inactividad ministerial”. Se les exige obviamente la carrera universitaria (ahora grado), el máster en Abogacía y, en última instancia, un examen que una vez superado, sirve de acreditación para poder ejercer la profesión.

La teoría es perfecta, pero la práctica no es tan del color del agua. Quienes me conocen saben que nunca intento entrar en debates políticos y esta vez no será una excepción. Tampoco pretendo juzgar en cómo será el examen, su adecuación o no, ni su formato ni su metodología… pero lo que sí es una realidad evidente a los ojos de cualquier mortal es que, si la celebración de este examen no se convoca, y con una antelación mínima de tres meses a su realización, por muy ni-nis como se les quiera apodar, seguirán siendo ni-nis, por supuesto, pero lo serán por obligación.

No se lo creerán, pero le doy vueltas a este asunto y, con tantas incógnitas sobre la mesa, a veces me pregunto si estamos o no en el propio plató del programa que dirige Iker Jiménez, Cuarto Milenio. Hago un esfuerzo e intento buscar una justificación al retraso de la convocatoria, pero solo puedo suponer que con esta situación solo se pretende dar la última lección del temario; quizás volver a repasar lo que establece la doctrina francesa como “comisión por omisión”, es decir, lo que puede decirse que el autor no hace lo que debe hacer y produce un resultado que no debe producir. Aquí está claro. Una situación de impotencia o de querer y no poder. Avecinan que la convocatoria está próxima. Podrá ser hoy, mañana o quizás estemos leyendo este artículo cuando ya se haya publicado. No se sabe… Ojalá se resuelva pronto y queden archivadas todas las actuaciones.


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