¿Se seguirán cayendo las hojas de los árboles con el cambio climático?


Desde pequeños nos han enseñados que hay árboles a los que en otoño se les caen las hojas, de hoja caduca, y árboles que las mantienen durante todo el año, de hoja perenne. Esto es así por ahora, lo que pase con el cambio climático sigue siendo una incógnita para los investigadores.

Las plantas disponen de muchos sistemas de seguridad para sobrevivir a condiciones adversas. La caída de la hoja en otoño es solo uno de sus tantas precauciones. Así lo manifiesta el profesor de Fisiología Vegetal de la Universidad de Alcalá de Henares, Alfredo Guéra, que explica de este modo cómo se lleva a cabo el proceso: “La principal función de las hojas de los árboles es realizar la fotosíntesis, con la que ‘fabrican’ las moléculas que las permiten realizar sus funciones vitales. Para ello acumulan grandes cantidades de clorofila, el pigmento que las da el color verde. La caída de la hoja es un sistema de protección y ahorro que tienen los árboles de hoja caduca. Como en el otoño bajan las horas de luz, la radiación solar pierde fuerza, bajan las temperaturas y deja de producirse la fotosíntesis. Las hojas ya no son un órgano rentable –los gastos energéticos que requiere el mantenimiento de las hojas son superiores a la productividad de las mismas- y, además, sus componentes, como la clorofila, en estas condiciones de luz y temperatura pueden provocar estrés oxidativo –envejecimiento- al conjunto de la planta. Por tanto, hacen lo que consideran más inteligente, se caen“, explica Guéra.

Pero antes de que se produzca la característica imagen del otoño de las calles cubiertas de hojas secas hay un proceso previo de sacrificio por parte de la hoja. Antes de que el viento sople, las quiebre y las arrastre hasta el suelo, dejan un ‘regalo’ a su progenitor, porque el árbol recicla todos los nutrientes presentes en las hojas para poderlos utilizar de nuevo cuando llegue la nueva estación favorable.

Antes de terminar en el suelo también cambian de color, y no lo hacen por capricho. “La mayoría de las hojas son de color verde por la presencia de la clorofila. Cuando las hojas empiezan a oxidarse, a ‘entregar’ sus nutrientes a la planta, a ‘envejecer’, las clorofilas se degradan y otros pigmentos, amarillos o anaranjados, que siempre han estado ahí, se dejan ver“, . El cambio de color también es un sistema de defensa previo a la caída, porque “otras adquieren tonos púrpura y rojizos como sistema de protección, son filtros solares que se ponen para defenderse de los cambios de temperatura y luz mientras que se produce el proceso de oxidación”, indica el profesor Guéra.

Pero las hojas no caen de todos los árboles. Es algo que se aprende en la escuela. Los árboles de hoja perenne las mantienen “porque han desarrollado otro tipo de estrategias que están relacionadas con la falta de agua en zonas secas o con los suelos escasos en nutrientes en zonas montañosas o frías, donde abundan los bosques de coníferas. En este caso, se mantienen las estructuras de las hojas, pero se para la fotosíntesis durante el invierno, cuando las plantas están expuestas a bajas temperaturas y, en altura, expuestas a periodos de alta radiación solar”, desarrolla Guéra.

¿Puede el cambio climático cambiar el orden natural?

El interrogante surge ante el cambio climático y la cuestión es si con el calentamiento global los procesos que desarrollan las plantas pueden cambiar. “Es muy difícil de aventurar, pero las plantas llevan miles de años enfrentándose a los envites del clima sin moverse del sitio y se han ido adaptando, generando sistemas de control, de alerta, y generalmente por duplicado” explica el experto en fisiología vegetal.

En el caso de la caída de la hoja el sistema de alerta es doble: el sistema de control inducido por la duración de la iluminación, la planta detecta que hay menos radiación solar, menos horas de luz, y el control inducido por la temperatura porque la planta es capaz de detecta que bajan las temperaturas. “Las situaciones más peligrosas se dan con los cambios bruscos de temperatura y los periodos prolongados de sequía.  El resultado es frecuentemente un ‘desarrollo acelerado o prematuro’,  con un almacenaje menor de nutrientes del que fuera deseable y, como consecuencia, una menor calidad y cantidad de semillas y frutos”, añade el profesor de la UAH.


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