De la libreta a la pantalla LED


El alumno enseñó al profesor. Pensé ponerle a este artículo ese titular, pero me pareció un poco provocador. En todo caso, es anecdótico y quedará guardado en mi memoria. La transición del papel a la pantalla, o del A4 a la LCD, no ha necesitado ningún proceso democrático, aunque su implantación, aun hoy día, tiene sus más y sus menos. “De la cuartilla al portátil” podría llamarse, en un futuro, uno de los capítulos de la serie de televisión “Cuéntame cómo pasó”. Pocos profesores han tendido la alfombra roja al uso de las nuevas tecnologías dentro del aula. Por suerte, cada vez más están cediendo.
No hace mucho tiempo, personalmente presencié a alumnos que eran invitados a salir de clase por utilizar un ordenador portátil, un Ipad o un soporte similar. Alegaron que las nuevas tecnologías promueven la distracción del alumno y alimenta la falta de concentración.

Podía imaginármelo, pero es lamentable que todavía existan docentes con esa actitud, con la idea de que los instrumentos informáticos solo nacieron para vivir, precisamente, en el aula de informática. Lo he podido comprobar y de ahí la necesidad de exponerlo en estas líneas. Reacios, el desconocimiento puede ser una de las razones, o el inmovilismo tecnológico aplicado a la educación también podría ser otra. ¿Cómo puede prohibírsele a un universitario tener una herramienta de consulta, impedírsele tomar anotaciones en línea, conocer información adicional o poder contrastar las propias opiniones de un profesor?

Si lo que intentamos es acercar la universidad a la vida real, estrechar lazos de unión y que el salto de los centros educativos al entorno laboral sea lo más corto posible, está claro que restringir los medios digitales para el aprovechamiento en las aulas no es precisamente una de las decisiones más acertadas.

Se evidencia con gran preocupación cierta diferencia. Por un lado, existe el rechazo a utilizar estos medios en el ámbito universitario y, sin embargo, en otro extremo, vemos cómo los grandes fabricantes de estas herramientas se esfuerzan por patentar los mejores diseños que minimicen el “muro” entre el profesional y el cliente, o incluso, en las escuelas de negocios se fomentan y se estudian las ventajas de su utilidad, llegando a formar a los propios alumnos, por ejemplo, desde cómo tomar notas in situ en una reunión para ganar productividad hasta llegar a recomendarles qué apps son las más adecuadas en función de las necesidades que se presenten. Mientras que acostumbramos a ver máquinas de vending que solo suministran refrescos y frutos secos por los pasillos de las facultades, en algunas universidades de Estados Unidos ya las hay para poder alquilar portátiles o Ipads por horas.

Ningún trabajo está ya exento de una tecnología cada vez más frecuente y necesaria. Por tanto, ¿qué sentido tiene prohibir su uso en las aulas? ¿O es que molestan los chasquidos de los teclados? Quien está en la universidad está porque quiere y nadie está ocupando una plaza atado al respaldo de la silla.
El tiempo, sabio curativo de todas las sinrazones, desvelará que alguien debe estar haciéndolo mal.


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