Errejón y la acción en la Universidad


Mi compañero de máster, Diego “Benito”, me invita a escribir  sobre el caso de Iñigo Errejón y sobre sus particulares contratos universitarios. Sin entrar en el tema, ampliamente comentado en los medios,  quiero plantear una reflexión más general partiendo del mismo: cómo se llega a torcer la misión de la universidad al servicio de intereses bastardos.

Siempre he diferenciado la acción universitaria de la “acción en la universidad”. La primera supone una legítima participación de los distintos sectores universitarios en todos aquellos asuntos que afectan al desarrollo de la misión de esta institución académica. Por el contrario, la segunda supone una utilización de la universidad, de sus recursos y de su organización, con fines políticos, ideológicos o económicos, ajenos a los intereses de la propia institución.

la peor corrupción posible, en este tipo de casos, es la utilización de la propia universidad para intereses extraños

Es decir: utilizar la universidad en beneficio propio, de partido o de secta. De ahí que entiendo reprobable la actitud de quienes, como en el caso de Errejón, pretenden convertir las aulas universitarias en plataforma para difundir sus mensajes. Y si para ello se utilizan los viejos vicios de la propia universidad pública, como la endogamia departamental, más aún; porque se conservan y se promueven costumbres que deben superarse.

Que Errejón haya cobrado indebidamente unas cantidades puede ser rechazable; pero entiendo que la peor corrupción posible, en este tipo de casos, es la utilización de la propia universidad para intereses extraños.

La agitación universitaria, fruto de estas actividades, no son un hecho novedoso en la Universidad española. Representa el aspecto más retrógrado y rancio de una institución que debe adaptarse a los nuevos retos sociales, a una realidad cada vez más cambiante. En esto deben implicarse los universitarios, levantando la voz para que las aulas sean garantía de futuro para todos y no plataforma para un puñado de sectarios o iluminados se suban a la poltrona política.


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