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10 mayo, 2026
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La segunda vuelta de las elecciones para el rectorado de la US marcada por la fragmentación del voto y la falta de debate

Entran en vigor los nuevos Estatutos de la Universidad de Sevilla

Las elecciones a rector de la Universidad de Sevilla han dejado un resultado que va mucho más allá de conocer los nombres de los dos finalistas. Los datos revelan una institución profundamente dividida y plantean serios interrogantes sobre la legitimidad y la capacidad de gobierno de quien resulte elegido.

Carmen Vargas fue la candidata más votada con el 26,62% de los votos ponderados —es decir, calculados según el peso que cada colectivo tiene en estas elecciones—. Le sigue José Luis Gutiérrez, que logró el 21,96%. Ambos se enfrentarán en la segunda vuelta del próximo 10 de noviembre.

Un rector sin respaldo mayoritario

Lo realmente significativo es que entre los dos finalistas apenas reúnen el 48,58% de los votos. Esto significa que más de la mitad de quienes participaron en las elecciones no los eligió como primera opción.

El resto del apoyo se repartió entre otros cinco candidatos: Ana López obtuvo un 20,49%, Pastora Moreno un 9,47%, Ángeles Gallego un 8,79%, Alfonso Castro un 7,48% y Felipe Rosa un 2,51%. Además, hubo un 2,88% de votos en blanco, que suelen interpretarse como una expresión de descontento con todas las opciones disponibles.

Esta fragmentación del voto plantea un problema de fondo. Quien gane la segunda vuelta llegará al Rectorado sin un mandato fuerte, lo que le obligará a gobernar mediante pactos y búsqueda constante de consensos. No se tratará tanto de ejecutar un programa electoral propio, sino de construir puentes entre sectores con intereses muy diferentes para evitar la parálisis institucional.

 

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Cuatro velocidades en una misma universidad

Si algo demuestran estos comicios es que la Universidad de Sevilla es, en realidad, varias universidades conviviendo bajo el mismo techo. Y la diferencia se nota especialmente en los niveles de participación de cada colectivo.

El personal docente funcionario (Sector A) votó en un 80,22%, mientras que el personal de administración y servicios (Sector D) lo hizo en un 77,23%. Son cifras altísimas que reflejan un compromiso casi total con la institución.

En una posición intermedia se sitúa el personal docente e investigador no permanente (Sector B), con una participación del 47,59%. Casi la mitad de este colectivo acudió a las urnas, un dato que podría considerarse aceptable en otros contextos.

Pero el contraste más dramático lo marca el alumnado (Sector C): solo votó el 15,44%. Esto quiere decir que menos de dos de cada diez estudiantes se acercaron a votar, una cifra que evidencia una desconexión alarmante con los procesos de decisión de su propia universidad.

Este desequilibrio en la participación no solo es preocupante por sí mismo, sino que también explica en parte la fragmentación del voto. Al ausentarse el sector más numeroso, la decisión queda en manos de grupos más pequeños pero muy movilizados, cada uno con sus propios intereses y prioridades.

Un segundo puesto que se decidió por un suspiro

Mientras Carmen Vargas aseguraba la primera posición con cierta comodidad, la batalla por el segundo lugar fue extraordinariamente ajustada. José Luis Gutiérrez superó a Ana López por apenas 1,47 puntos porcentuales.

Esta diferencia mínima demuestra que cada voto contó y que la movilización de última hora resultó decisiva. Cualquier pequeño cambio en las preferencias de un grupo reducido de votantes habría alterado completamente el escenario de la segunda vuelta.

Un mandato que empieza cuesta arriba

Los resultados de esta primera vuelta lanzan tres mensajes inequívocos al futuro rector o rectora: tendrá que gobernar sin un respaldo mayoritario, deberá enfrentarse a una comunidad con niveles de compromiso radicalmente distintos, y sabrá que su puesto se decidió en una competición extremadamente reñida donde cada apoyo fue crucial.

El próximo líder de la Universidad de Sevilla no recibirá un cheque en blanco, sino un complejo encargo: reconstruir la confianza interna y el sentido de pertenencia en una institución fracturada. La pregunta que queda en el aire es si será más difícil unir a un electorado tan dividido o despertar el interés de una comunidad estudiantil que parece haber abandonado la participación.

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