Lo políticamente correcto y la autocensura


Según la Constitución, la libertad de expresión es un derecho fundamental. Pasaron aquellos tiempos en los que, por exigencias del momento histórico, las tijeras de la censura actuaban con prontitud y eficacia.

Se trataba de una censura controlada por el Estado y destinada a cercenar ideas y comportamientos atentatorios contra el orden establecido. Los medios de comunicación recurren, con frecuencia, a ese lugar común de la censura franquista. Bueno, aquella era una realidad manifiesta para todos los españoles. Esta postura coercitiva del Estado en materia de libertad de expresión era pública y notoria.

Hoy existe otro tipo de censura, más sutil, menos visible; una censura que incluso tiene la virtualidad de evitar que se hable de ella. Es una “censura fantasma”. El Estado no se hace miembro ejecutor de la misma. Se trata de algo mucho más profundo y radical que un tijeretazo en una cinta de cine. La nueva censura –que existe- cala en lo más íntimo de la conciencia colectiva. Tal es su capacidad coercitiva que son los propios individuos los que se autolimitan en su libertad de expresión.

Esta censura no se ve, pero se nota. Tiene la cualidad de las modernas compresas; absorben toda idea o pensamiento contrario al orden establecido sin que se note, sin que traspase.

Se trata de lo “políticamente correcto”. Verbi gracia, la entrega en acogida de menores a parejas homosexuales puede parecer aberrante a no pocas personas; sin embargo, nadie se atreverá a oponerse a esta medida, para no ser tildados de “homófobos”. La autocensura de lo “políticamente correcto” es una realidad innegable. Esta sólo puede combatirse con cultura, sentido crítico y una radical falta de “respetos humanos”.


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