‘Psicopatología y Redes Sociales’


Las redes sociales, al igual que internet, han venido para quedarse. Los términos como Facebook, Tuenti, Twitter, WhatsApp, Linkedin están ya suficientemente implantados en nuestra cultura popular con fuerza y son fácilmente identificables por parte de la ciudadanía. El número de usuarios crece exponencialmente y a la sombra de las redes sociales más grandes (Facebook), está creciendo la tendencia a la especialización. De esta forma surgen redes sociales destinadas a compartir fotografías (Instagram), videos (Youtube), ampliar el Networking (Linkedin), fomentar las relaciones sociales (Badoo) y así hasta el infinito. La evolución de internet a ritmo frenético, hace que las consecuencias sociales, económicas, culturales y psicológicas imperantes en el siglo XX apenas tengan referentes en los que apoyarse en lo que llevamos de siglo.

De esta manera, las Redes Sociales no sólo conviven y se adaptan a nuestra cultura y hábitos de vida, también modifican nuestro modo de vida a gran velocidad. Esta rápida evolución, provoca que los escenarios, instrumentos y técnicas de trabajo desde la psicología queden obsoletos en cortos espacios de tiempo. Comentemos un claro ejemplo de ello: el DSM-IV-TR (Revisión de la IV versión del “Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales”) data del año 2000, fecha en la que Internet aún no tenía la penetración social y cultural con la que cuenta actualmente. Por tanto, el instrumento diagnóstico de psicopatologías por excelencia, queda ajeno a conceptos como ciberbullying, grooming, o el propio concepto de “Internet”.

Previo a la inminente publicación de una nueva versión actualizada del DSM (DSM-V), esperada para mayo de 2013, se está debatiendo la inclusión de un nuevo trastorno asociado a internet: el “Internet Addiction Disorder (IAD)”, que de ser incluido, abriría la puerta a u nuevo escenario diagnóstico. Quede incluido este nuevo trastorno o no, hay que considerar que Internet en general y las redes sociales en particular, están relacionadas con conductas adictivas y compulsivas, que interfieren en la vida de algunas personas, deteriorando su esfera social, personal y/o laboral, llegando a ser despedido del trabajo, abandonando los estudios o enfrentarse a un proceso de separación. En general, la arquitectura de estas redes sociales es conocedora de los procesos de aprendizaje del ser humano y parte de su éxito, reside en uno de los más potentes reforzadores universales: el social. De esta forma, al publicar un post o una fotografía, te expones a que tu red social pueda opinar en sentido positivo, compartiéndolo o simplemente pulsando en “Me gusta”. Con ello ganas el reconocimiento explícito de tu red social.

A mayor cantidad de “Me gusta”, mayor reconocimiento. A mayor reconocimiento, mayor probabilidad de que repitas la conducta de publicar algo en tu red social, y con ello, alimentamos el círculo hasta que se incurra en la posibilidad de que se convierta en una conducta desadaptativa y que interfiera con la capacidad de regularlo y controlarlo, o con otras áreas más prioritarias (laboral o social). Las redes sociales son por tanto un instrumento poderoso, que sirven de vehículo para logar apoyo social con mucha más facilidad que el mundo real. Las posibilidades de incorporar a nuevas personas a nuestra red, son infinitas. A través de estas redes se potencia un sentimiento de desinhibición con los demás miembros, especialmente cuando se visitan redes sociales en las que la identidad aparece en el anonimato y se favorece la creación de personalidades ficticias. Es en este contexto donde la persona se reinventa a sí mismo, cubriendo necesidades psicológicamente no afrontadas y enmascarando la inseguridad interpersonal, buscando el reconocimiento y el poder. reconocimiento y el poder.

La sobreestimulación es otra de las características de las redes sociales. La información de una red, está en constante actualización, alimentada por el resto de usuarios. Los datos demandan ser conocidos “Just in Time” o por el contrario, esta información corre el riesgo de quedar obsoleta. Las exigencias en los tiempos de respuesta por parte del resto de usuarios se acortan, y ello obliga a una constante consulta y actualización de las redes sociales, sobre todo desde que éstas han logrado ser accesibles desde el teléfono móvil. Esta sobreestimulación puede provocar déficit de atención sobre otros procesos, desconcentración, y ansiedad provocada por la imposibilidad de controlar la información requerida en el momento adecuado. Y no sólo es provocada por la información de otros usuarios. También en nuestra red social circulan estímulos publicitarios que inundan nuestras decisiones de compra, a menudo afectando de forma compulsiva a nuestro bolsillo, o provocando frustración por no poder hacer frente a los gastos de aquellos productos o servicios que deseamos.

Por Javier Gallego Gómez
Colegio Oficial de Psicología de Andalucía Oriental


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