“Los estados democráticos tienen que garantizar que las memorias se expresen”

“Los estados democráticos tienen que garantizar que las memorias se expresen”


Las memorias son muchas. Un mismo hecho histórico siempre es visto de forma diferente por cada uno de los que lo vivieron, teniendo así diferentes recuerdos y ‘memorias’ del pasado. Dentro del ciclo “Historia, documentos y sociedad: 1968 y la Transición Española” organizado por la Universidad de Málaga y el Archivo Histórico Provincial de Málaga, se ha celebrado el quinto encuentro, protagonizado por el reconocido historiador Santos Juliá, donde el tema de la memoria ha sido la gran protagonista.

Bajo el título “Combates por la Historia: El historiador como intelectual comprometido”, Juliá estuvo acompañado por los profesores del Departamento de Historia Contemporánea de la UMA, Fernando Arcas y Lucía Prieto, quienes orientaron la ponencias en torno a los temas de más actualidad. La figura de los intelectuales en la política y la actual gestión de la memoria histórica fueron los ejes centrales de esta quinta conferencia del ciclo, el cual busca desentrañar diferentes aspectos de la Transición a través de los ojos de sus protagonistas.

La Historia, en mayúsculas y con nombre propio, es el nexo común de las tres figuras que debatieron en el Rectorado de la UMA. Su estudio y comprensión, bajo el prisma de las diferentes circunstancias que abordan a los protagonistas les llevó a dialogar sobre la propia figura del historiador. El compromiso político y la percepción del pasado fue el tema que inició el debate, donde Santos Juliá comenzó de forma crítica a señalar como la Guerra Civil afectó a la forma de entender nuestra propia historia. “No sería hasta 1956, en la primera rebelión de los estudiantes, que no se volvió a ser consciente de la percepción del pasado”, la creación de un nuevo sujeto que mira atrás y es consciente de que ‘la Guerra Civil fue una inútil matanza fraticida’, “sostener esto es ejemplo de la nueva mirada ante el pasado, donde hay un nosotros que contempla tanto a los vencedores como a los vencidos”, subrayó Juliá.

La escisión de los intelectuales, en este caso bajo el prisma de la historia, da una nueva reflexión sobre el pasado y la posibilidad de escribir sobre la Guerra Civil. “Estos historiadores no tienen maestros en su pasado, no pueden establecer un diálogo entre generaciones”, mantiene Juliá, quien expone como este punto de inflexión permite una nueva mirada ante el estudio del propio conflicto. En este nuevo paradigma, el intelectual “comprometido” ya no tiene cabida, es propio de entreguerras, pero no de la nueva visión”. Así, los intelectuales pasan de ser referentes a “autores de sus propias obras”, cuyo objetivo es encontrar un lenguaje común propio de la democracia.

Transición antes de la transición

Santos Juliá ha sido reconocido nacionalmente por su última obra Transición, por la cual ha recibido el premio Francisco Umbral. En este ensayo, el historiador contempla cómo el término transición y todo lo que conlleva ya “fue utilizado mucho antes de la propia transición, (entendida como la posterior a 1978)” apareciendo incluso en durante la Guerra civil como forma de finalizarla. “Azaña ya propuso una mediación donde se contemplaba un proceso de transición”, una idea que sería repetida a lo largo de la dictadura por diferentes inetlectuales y miembros de agrupaciones políticas.

“La cultura de la negociación ya estaba presente, se veía con esperanza el pacto”, un acuerdo que tenía una figura común: la Amnistía. La aspiración ética de llegar a un acuerdo mantenía sin embrago unas condiciones, la de reconocer a los dos bandos. Esta idea como culminación del proceso iniciado por la Guerra Civil  estaría presente en debates de diferentes ideologías, pero la duda aparece cuando se señala “¿por qué no se habló de Amnistía ni reparación tras la dictadura?”. Este hecho, que no existiera debate, es el principal a analizar por SAntos Juliá, quien sostiene que no se hablaría de la reparación hasta que esta tu “uso político”, en las elecciones de 1993 “un uso del pasado con una finalidad estrictamente política“.

Y en la finalidad política, el político como algo productivo, ha ido desapareciendo el compromiso de los intelectuales. Con la democratización de los estudios la voz propia se tornó más fuerte, pasando a ser una opinión más la de los intelectuales. El uso político de los mismos queda así regalado a un producto que refuerza ideas, pero no las crea.

Memoria e historia

No es lo mismo tener memoria que tener historia. Esta afirmación de Santos Juliá viene de la mano de la idea que sostiene que:

“La memoria no significa dar cuenta de lo que pasó, sino recuperar la memoria de los míos porque tiene un sentido para mi y para mi grupo”

Así, tal y como señala el historiador, “los estados democráticos tienen que garantizar que las memorias se expresen”, más allá de las ideologías, dando pie a que todos los implicados puedan mostrar sus señales y reconocer su pasado, el cual unido forma parte de la Historia de todos.


Compartir