Sin ciencia no hay futuro


La economía mundial se mueve hacia una sociedad basada en el conocimiento, con nuevos paradigmas donde los factores más importantes ya no son la disponibilidad de capital, mano de obra, materias primas o energía, sino el conocimiento y la información. Ambos ocupan un lugar central como motores de prosperidad económica y mejora de la calidad de vida. Por tanto, la Enseñanza, la Investigación, el Desarrollo y la Innovación son claramente los pilares donde descansan las sociedades más avanzadas. Estas ideas quedan patentes en el Preámbulo de la Ley de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación:

“El modelo productivo español (…) se ha agotado, con lo que es necesario impulsar un cambio a través de la apuesta por la investigación y la innovación como medios para conseguir una economía basada en el conocimiento que permita garantizar un crecimiento más equilibrado, diversificado y sostenible.” María Teresa Roldán Arjona. Nueva vicerrectora de Investigación de la Universidad de Córdoba (UCO)

Existe una relación directa entre la capacidad de generación de conocimiento y el potencial de innovación de un país y su competitividad y grado de desarrollo económico y social. Así, aquellos países que más invierten en investigación y desarrollo son los que experimentan mayores tasas de crecimiento de su PIB. El progreso descansa pues sobre tres pilares básicos, la generación de conocimiento, su difusión y su aplicación para la obtención de beneficios sociales y económicos.

Los avances en la generación de conocimiento pasan necesariamente por un apoyo decidido a la ciencia básica, también llamada fundamental o no orientada, ya que ésta es la que proporciona las ideas y conceptos necesarios para el desarrollo de nuevos productos y servicios útiles a la sociedad. Baste recordar las palabras del Premio Nobel de Medicina B. Houssay, “no hay ciencia aplicada sin ciencia que aplicar”. Invertir en ciencia básica es apostar por la generación de conocimiento y, por ende, por el progreso de la humanidad, ya que es esto lo que a la postre posibilita la realización de ciencia aplicada. Por supuesto, las políticas científicas también deben apostar por dotar de recursos a programas específicos dedicados a la resolución de problemas concretos, sin olvidar la incentivación de los recursos humanos, ya que éste es un elemento indispensable para fortalecer las instituciones de investigación. Todo ello debe venir acompañado de actuaciones que potencien la inversión privada en investigación. La participación del sector empresarial en actividades de I+D+i es una pieza clave y constituye una de las características definitorias de los sistemas de investigación en países con políticas avanzadas en estas materias.

En este escenario, donde el conocimiento es una pieza angular para la construcción de las sociedades, éste debe ser percibido por la sociedad como una forma de riqueza y para ello es imprescindible el desarrollo de medidas concretas que permitan generalizar la cultura científica y tecnológica y el acceso al conocimiento científico a todos los ciudadanos. Es urgente que la ciudadanía comprenda la importancia de la investigación científica, la sienta como algo suyo y la considere como el gran motor de progreso y crecimiento que efectivamente es.

Para conseguir esto es necesario hacer un esfuerzo por transferir el conocimiento generado por la investigación a la sociedad. Los ciudadanos tienen que percibir que la inversión en educación, investigación y tecnología no es algo que beneficia la los investigadores sino que redunda en un mayor bienestar y progreso de toda la sociedad en su conjunto. El eslogan “Sin ciencia no hay futuro” está hoy más vigente que nunca.

Por María Teresa Roldán Arjona. Nueva vicerrectora de Investigación de la Universidad de Córdoba (UCO)


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